Home » Sin categorizar » Yoga Educativo en la escuela entre cuerpo y relación
En la escuela, el cuerpo no deja de participar en el momento en que comienza una clase. Está presente en el modo en que un niño entra en el aula, ocupa el espacio, se sienta, respira, se mueve, encuentra una dificultad, busca la atención de los demás o intenta recuperar la propia. Está presente en la agitación antes de un examen, en el cansancio de permanecer sentado durante mucho tiempo, en el entusiasmo de una actividad compartida y en la dificultad de encontrar el propio lugar dentro del grupo.
El Yoga Educativo en la escuela parte precisamente de esta presencia y de una pregunta fundamental: ¿cómo podemos acompañar a niños y jóvenes a conocerse mejor, regular su propia energía y estar en relación con los demás sin separar cuerpo, mente y emociones?
El Yoga Educativo propone un recorrido en el cual movimiento, respiración, escucha, juego, asanas, imaginación y relación no son actividades aisladas, sino experiencias que adquieren significado cuando se conectan entre sí con intencionalidad educativa. El objetivo no es obtener posturas perfectas ni tampoco transformar una clase animada en un grupo constantemente silencioso. Se busca más bien crear condiciones en las cuales cada uno pueda percibir lo que sucede dentro de sí, reconocer sus propios límites, encontrarse con los demás con respeto y participar en el grupo de manera más consciente
Índice de contenidos
¿Qué es el Yoga Educativo?
El Yoga Educativo es un método construido para acompañar a niños y jóvenes en los contextos del crecimiento. Sus raíces son yóguicas, pero su identidad educativa nace del encuentro entre varias dimensiones: escuela, pedagogía, psicomotricidad, trabajo educativo, experiencia familiar, Meiso Shiatsu e Investigación-Acción. No se trata, por tanto, de tomar una clase de yoga pensada para adultos y hacerla simplemente más corta o más lúdica.
Una práctica adquiere valor educativo cuando quien la propone sabe por qué la está proponiendo, observa cómo el grupo la vive y está disponible para modificarla cuando la edad, el contexto o las personas presentes requieren algo diferente. Es precisamente esta capacidad de conectar finalidad, experiencia y observación lo que distingue un recorrido educativo de una simple sucesión de actividades agradables.
El Yoga Educativo considera, en efecto, a la persona en su totalidad y pone en relación dimensiones que en la cotidianidad suelen separarse: gesto y pensamiento, energía y quietud, experiencia individual y relación con los demás.
Llevar el Yoga Educativo a la escuela no significa «hacer yoga de adultos con los niños»
Niños y jóvenes poseen tiempos, lenguajes, necesidades y formas de participación diferentes de los de los adultos. Necesitan moverse, jugar, imaginar, probar, elegir, colaborar, encontrar una regla y tener también momentos en los cuales escuchar lo que sienten.
Por ello, en el yoga para niños en la escuela, el movimiento no es simplemente la parte divertida que precede al momento «serio» de la práctica. Correr, cambiar de dirección, sostener el propio peso, buscar un equilibrio, coordinarse con un compañero o detenerse después de una actividad intensa son todas experiencias a través de las cuales el niño puede conocer las cualidades de su propio cuerpo, encontrar sus límites y aprender a modular progresivamente su propia energía.
La competencia motora no se convierte así en una clasificación entre quien es más flexible, más fuerte o más capaz. El cuerpo no se utiliza para demostrar algo a los demás, sino como instrumento de conocimiento y de experiencia.
Movimiento y quietud no son opuestos
Uno de los aspectos centrales del Yoga Educativo en la escuela es la relación entre movimiento y quietud.
A menudo, en el lenguaje educativo, el movimiento se asocia a la agitación mientras que estar quieto se interpreta como sinónimo de atención. Pero un niño no se vuelve automáticamente más consciente porque se le ordene no moverse.
El movimiento puede ser, en cambio, el paso necesario para llegar a una cualidad diferente de presencia. Después de haber corrido, jugado o experimentado una secuencia corporal, el niño puede sentir con mayor claridad el corazón que late, la respiración que cambia, el calor del cuerpo, la tensión y la posterior recuperación. De este modo, la respiración también deja de ser algo que hay que «hacer bien» y se convierte en una experiencia que observar.
La primera competencia no es, por tanto, obtener inmediatamente calma o control, sino darse cuenta de lo que está sucediendo.
La respiración como experiencia de escucha
También la respiración en el Yoga Educativo se propone desde esta perspectiva.
No es una técnica que utilizar automáticamente cada vez que un niño está agitado y no es una prestación en la cual haya que respirar más profundamente o más lentamente que los demás. Puede convertirse, en cambio, en un punto de observación de la condición presente.
Después del movimiento, por ejemplo, la respiración puede ser más rápida. Después de algunos minutos puede cambiar. El niño puede darse cuenta de que el cuerpo está volviendo espontáneamente hacia otra condición.
Esta experiencia aparentemente sencilla puede contribuir a construir con el tiempo una capacidad importante: reconocer lo que sucede antes de reaccionar automáticamente.
La Ola del Yoga Educativo: un ritmo entre energía y escucha
La estructura interna del método se denomina Ola del Yoga Educativo. La imagen de la ola describe un desarrollo que pone en relación tensión y relajación, expansión y recogimiento, movimiento y quietud, diálogo con uno mismo y diálogo con los demás.
La experiencia no procede, por tanto, a través de una serie de ejercicios independientes, sino a través de pasos conectados entre sí, capaces de acompañar gradualmente la condición del grupo.
La Ola no busca una calma impuesta. La energía se reconoce primero, luego puede encontrar una forma y progresivamente transformarse en atención, relación y escucha.
Este ritmo no debe, sin embargo, convertirse en un esquema rígido. Una práctica preparada cuidadosamente puede encontrarse con una clase completamente diferente de la imaginada: cansada, muy activada, distraída o preocupada. En estos casos, quien conduce debe ser capaz de ralentizar, abreviar, modificar una consigna, proponer una variante o renunciar a una actividad.
Ser fiel al método no significa repetir siempre la misma secuencia, sino conservar su significado educativo mientras cambian las formas.
¿Por qué llevar el Yoga Educativo a la escuela?
La escuela es uno de los lugares en los cuales niños y jóvenes experimentan cotidianamente reglas, relaciones, movimiento, palabra, atención, error, éxito, conflicto y colaboración.
En este contexto, el Yoga Educativo en las escuelas puede crear un espacio en el cual observar cómo la propia condición corporal entra en relación con el aprendizaje y con los demás.
Un equilibrio perdido y recuperado puede convertirse en una experiencia del límite y de la posibilidad de intentarlo nuevamente. Un juego cooperativo puede mostrar concretamente que el logro personal no requiere poner en dificultad a alguien más. Una pausa puede ayudar a percibir la diferencia entre una reacción inmediata y una respuesta más consciente.
El valor educativo no reside, por tanto, en el ejercicio individual, sino en el significado que esa experiencia puede asumir y en la posibilidad de reconocerlo progresivamente también fuera de la práctica.
Yoga Educativo y grupo clase
El Yoga Educativo en la escuela no se refiere solamente a la relación con uno mismo. Una parte importante de la experiencia se refiere también al modo en que uno se encuentra con los demás.
Aprender a estar en un grupo significa poder reconocer la propia energía sin invadir la de los demás, participar sin tener que destacar necesariamente, colaborar, esperar, pedir ayuda y respetar un límite.
A través de juegos, actividades cooperativas, círculo, experiencias individuales y en parejas, el grupo clase puede convertirse en un lugar en el cual experimentar concretamente escucha, respeto y responsabilidad recíproca.
Esto no significa esperar que una práctica de yoga resuelva automáticamente conflictos o dificultades relacionales. Significa más bien crear ocasiones en las cuales algunas competencias puedan ser vividas y observadas.
Edades diferentes requieren prácticas diferentes
No existe una única sesión de yoga para niños y jóvenes válida desde la infancia hasta la adolescencia.
A los cinco años una actividad se vive de manera diferente respecto a los nueve, doce o dieciséis años. Cambian la relación con el cuerpo, el valor atribuido a la mirada de los compañeros, la disponibilidad al juego simbólico, la necesidad de autonomía y el significado de la cercanía física.
En la infancia, movimiento, imitación e imaginación pueden permitir comprender lo que una explicación abstracta haría más difícil. En la educación primaria aumenta a menudo el deseo de lograr y es importante acompañar esta necesidad hacia el proceso, el intento y la responsabilidad recíproca. En la preadolescencia crece el peso de la mirada de los iguales, mientras que en la adolescencia se vuelven centrales autenticidad, elección y respeto de la autonomía.
Adaptar una práctica no significa hacerla más sencilla o menos significativa. Significa mantener una finalidad común construyendo modalidades diferentes de participación.
Inclusión: no todos deben hacer lo mismo
Una práctica realmente inclusiva no se diseña para un niño ideal y se modifica solamente cuando alguien no consigue seguirla.
En el Yoga Educativo e inclusión, la posibilidad de participar de modos diferentes debería estar prevista desde el principio. Un niño puede ejecutar un movimiento, utilizar una variante, trabajar cerca de un compañero, contribuir con la voz u observar durante algún tiempo antes de entrar en la actividad.
Observar no significa necesariamente rechazar.
Para algunos niños puede ser el modo a través del cual conocer el ritmo de la experiencia, sentirse seguros y decidir posteriormente si participar.
El mismo principio se refiere al límite y al consentimiento. Se puede elegir una distancia diferente, interrumpir una actividad, mantener los ojos abiertos o rechazar un contacto sin perder por ello la pertenencia al grupo.
Esta idea es central: incluir no significa pedir a todos la misma forma, sino permitir a todos entrar con dignidad en la misma experiencia educativa.
La presencia del adulto forma parte de la práctica
La calidad del Yoga Educativo depende también de la condición de quien conduce. Prisa, temor a lo imprevisto, necesidad de control, deseo de que todo funcione como estaba previsto y búsqueda de la aprobación influyen inevitablemente en voz, tiempos, consignas y calidad de la relación.
Por eso, una formación en Yoga Educativo no puede limitarse a enseñar un repertorio de juegos, asanas o respiraciones. Son necesarios práctica personal, prácticas, observación, confrontación profesional y disponibilidad para revisar lo que se ha hecho.
El adulto no debe, además, interpretar automáticamente cada gesto del niño. Observar no significa diagnosticar o atribuir un significado oculto a todo lo que sucede. Es más respetuoso describir lo que vemos, verificar el contexto, ofrecer tiempo y escuchar lo que el niño elige eventualmente contar.
De este modo, la presencia adulta sostiene sin ocupar el espacio interior del otro.
Un método que crece a través de la experiencia
El Yoga Educativo se ha desarrollado también a través de un trabajo continuo de observación, confrontación e Investigación-Acción. En el recorrido documentado se han analizado 495 informes formativos, utilizados no como una simple recopilación de aprobaciones, sino como materiales a través de los cuales observar dificultades, críticas y posibles modificaciones del método.
Este aspecto es importante porque recuerda un principio educativo fundamental: lo que no funciona puede convertirse en una fuente de aprendizaje.
Una crítica puede llevar a modificar tiempos, consignas, organización del espacio o modalidades de relación. Una práctica que genera poco compromiso puede obligar a preguntarse si es adecuada a la edad o al grupo.
El método, por tanto, no atribuye automáticamente efectos positivos a sus propias actividades. Un momento de mayor atención o un paso de la agitación a la escucha son posibilidades observadas en una situación concreta, no la demostración de que la misma experiencia producirá siempre el mismo resultado. Esta prudencia es una forma de responsabilidad educativa.
De la práctica a la vida cotidiana
Cuando hablamos de herramientas para la vida, no nos referimos a técnicas que aplicar automáticamente cada vez que se presenta una dificultad.
Hablamos más bien de capacidades que pueden aparecer gradualmente también fuera de la práctica: detenerse antes de reaccionar, reconocer la propia condición, formular un límite, atravesar un error sin identificarse con él, pedir ayuda, elegir una respuesta y poner una propia competencia a disposición de los demás.
El paso de la práctica a la cotidianidad no puede darse por descontado. Necesita tiempo, continuidad y colaboración entre escuela, familia y figuras educativas.
El niño permanece, sin embargo, en el centro como sujeto de la experiencia y no como simple destinatario de decisiones tomadas por los adultos.
Llevar el Yoga Educativo a la escuela
Introducir el Yoga Educativo en la escuela significa construir un proyecto coherente con edad, contexto y características reales del grupo. Requiere adultos formados, capaces de conocer la práctica, proyectar con claridad, observar sin etiquetar y modificar lo que habían preparado cuando la experiencia lo requiere.
El resultado más importante no es una posición perfecta y tampoco es obtener silencio.
Es ofrecer a niños y jóvenes la posibilidad de aprender progresivamente a leer lo que sucede en el propio cuerpo, reconocer y orientar la propia energía, estar en relación sin perderse a sí mismos y descubrir que movimiento y quietud pueden pertenecer al mismo recorrido.
Es precisamente en el encuentro entre cuerpo, relación y experiencia donde el Yoga Educativo encuentra uno de sus significados más profundos en el contexto escolar.
Conclusión.
Llevar el Yoga Educativo a la escuela significa reconocer que el aprendizaje no sucede solamente a través de palabras y contenidos, sino que involucra continuamente cuerpo, emociones, energía, atención y relaciones.
El niño que entra en el aula lleva consigo todo esto. No deja el cuerpo fuera de la puerta y no separa fácilmente lo que siente de lo que piensa o de lo que sucede en las relaciones.
El Yoga Educativo intenta entonces crear un lugar en el cual estas dimensiones puedan encontrarse de modo intencional: moverse y detenerse, experimentar y observar, encontrar un límite y volver a intentar, escucharse y estar con los demás.
No para construir niños perfectamente tranquilos o perfectamente flexibles, sino para acompañar a personas en crecimiento a desarrollar mayor conocimiento de sí, posibilidad de elección y calidad de la relación.
Y es quizás precisamente esta la pregunta educativa que permanece en el centro: ¿cómo podemos ayudar a niños y jóvenes a estar plenamente en la experiencia escolar sin tener que dejar fuera una parte de sí?
Para conocer el método y profundizar en cómo llevarlo a los contextos educativos, es posible descubrir los recorridos de formación en Yoga Educativo dedicados a maestros, educadores y profesionales que trabajan con niños y jóvenes.
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¡Conoce a los autores!
Instructora certificada de Oki do Yoga, con un máster en “Estudios de Yoga” por la Universidad de Venecia, es profesora adjunta en el curso de formación avanzada “Yoga Educativo en la Escuela” de la Universidad de Padua.
Cofundador y Presidente de la Ssd ‘Yoga Educativo’.
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Educativas y de la Formación por la Universidad de Padua. La tesis doctoral versó sobre la formación de formadores en Yoga Educativo.
Docurso de formación avanzada ‘Yoga Educativo a scuola El Curso de Formación Avanzada en la UniPd fue concebido por los fundadores de Yoga Educativo, junto con el Director Prof. Luca Agostinetto.
Cofundadora y Vicepresidenta de la Ssd “Yoga Educativo”.