En la vida escolar y familiar, niños y adolescentes son continuamente llamados a responder, aprender, respetar consignas, adaptarse a los tiempos de los adultos y alcanzar objetivos. Están inmersos en jornadas repletas de estímulos, demandas y transiciones rápidas de una actividad a otra, mientras tienen mucho menos frecuentemente la oportunidad de detenerse y percibir con calma lo que están viviendo. Por eso, ofrecer un espacio de escucha, presencia y relación puede asumir un valor educativo profundo, sobre todo cuando no está orientado a obtener inmediatamente un rendimiento o una respuesta correcta.
El círculo en el Yoga Educativo nace precisamente de esta necesidad. No es solamente una forma de disponer a niños y adolescentes en el espacio, sino una forma concreta de relación en la cual nadie se encuentra delante y nadie queda atrás, cada uno puede ver a los demás y, al mismo tiempo, puede sentirse visto. Cuando el grupo se reúne en círculo, la disposición física ya comunica algo: cada uno ocupa un lugar y ese lugar tiene valor, sin necesidad de ser conquistado mediante la competición o la capacidad de atraer la atención.
En el yoga para niños y adolescentes, el círculo puede entonces convertirse en un elemento fundamental de la práctica, porque permite construir gradualmente un clima de confianza, pertenencia y escucha recíproca. Es un espacio en el cual el cuerpo puede ralentizarse, la respiración puede volverse más consciente, la palabra puede encontrar su propio tiempo y también el silencio puede ser reconocido como una forma legítima de participación.
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El círculo como transición de la confusión a la presencia
Uno de los aspectos más delicados de la educación consiste en acompañar a niños y adolescentes en las numerosas transiciones que caracterizan su jornada. En la escuela se pasa continuamente del recreo a la clase, del movimiento al pupitre, de la conversación al silencio, de una actividad individual a un trabajo en grupo. Estos cambios ocurren a menudo muy rápidamente, pero el cuerpo y la mente no siempre logran adaptarse con la misma velocidad.
El círculo en el Yoga Educativo puede funcionar como un puente entre lo que acaba de suceder y lo que está por comenzar. No sirve exigir inmediatamente el silencio o una concentración perfecta; es más importante crear una condición en la cual el niño pueda reconocer que está entrando en un tiempo diferente, menos orientado a la prisa y más dirigido a la presencia y la escucha.
Por eso, el círculo inicial no debería ser considerado un simple momento organizativo. Puede convertirse en un verdadero rito de paso, capaz de acompañar gradualmente al grupo hacia la práctica y de permitir al educador o al instructor observar la condición real de la clase. Cada grupo, de hecho, llega con un estado propio: hay jornadas en las que prevalece la agitación, otras en las que los niños están cansados, otras aún en las que emergen tensiones, distracción o poca disponibilidad para la relación.
Antes de proponer actividades, juegos, respiraciones o posturas, es importante sentir el “respiro” del grupo, porque una práctica realmente educativa no parte de un guion abstracto, sino del encuentro con personas reales, en un momento preciso, con necesidades diferentes.
Escuchar al grupo antes de proponer
En la educación puede ser fuerte la tentación de intervenir enseguida: explicar, corregir, organizar, pedir atención. Sin embargo, sobre todo en el trabajo con niños y adolescentes, la escucha debería preceder a la intervención, porque solo observando la condición del grupo es posible elegir de forma consciente cómo acompañarlo.
En el círculo emergen muchas señales. La postura, el tono de voz, la disponibilidad al contacto visual, la forma de estar cerca o lejos de los demás, la necesidad de hablar, la dificultad para detenerse o la tendencia a quedarse al margen pueden ofrecer informaciones valiosas. Estas señales no deben ser interpretadas apresuradamente como comportamientos positivos o negativos, sino que pueden ayudar al adulto a comprender lo que el grupo está comunicando.
Un niño que se mueve mucho no es necesariamente “molesto”; podría necesitar descargar tensión y movimiento antes de lograr concentrarse. Un adolescente que no interviene no es necesariamente desinteresado; podría necesitar tiempo para observar y sentirse suficientemente seguro. Del mismo modo, una clase ruidosa no es siempre una clase difícil de gestionar: puede ser un grupo que aún no ha encontrado una forma de transformar su propia energía en atención compartida.
En el círculo educativo, por tanto, la observación permite salir de categorías rígidas y encontrar al grupo en su realidad. Esta actitud es particularmente importante en el yoga en las clases, donde la eficacia de la propuesta depende también de la capacidad de adaptar tiempos, modalidades e intensidad de la experiencia a las personas que están presentes.
El valor educativo del no juicio
Uno de los elementos más valiosos del círculo en el Yoga Educativo es la posibilidad de construir un espacio en el cual niños y adolescentes puedan expresarse sin sentirse continuamente evaluados. Esto no significa eliminar las reglas, porque un espacio seguro necesita límites claros y comprensibles. Se escucha a quien habla, se respetan los turnos, no se ridiculiza, no se fuerza a nadie a compartir algo y la palabra no se utiliza para herir.
Dentro de estos límites puede, sin embargo, abrirse una libertad importante. El niño puede relatar una sensación, expresar un pensamiento, utilizar un gesto o elegir quedarse en silencio. También el silencio, si no se interpreta como oposición o falta de participación, puede ser una modalidad auténtica de presencia.
Este aspecto asume un valor particular en la escuela, donde muchas actividades están inevitablemente vinculadas a la evaluación, la respuesta correcta, el error y la verificación. El círculo en el yoga en la escuela puede ofrecer una experiencia diferente, en la cual no todo lo que se dice debe ser corregido y no toda emoción debe ser explicada o interpretada inmediatamente.
A veces la experiencia educativa más importante consiste simplemente en ser escuchado. Para muchos niños y adolescentes, sentir que su propia palabra puede existir sin ser inmediatamente juzgada representa un paso significativo en la construcción de la confianza en sí mismos y en la relación con los demás.
Círculo y grupo clase: aprender a estar juntos
En el círculo, el niño no encuentra solamente al adulto, sino sobre todo a sus compañeros. Esta dimensión es particularmente importante porque permite ver a los demás no solamente como personas con las que competir, confrontarse o compartir actividades, sino como individuos que poseen pensamientos, emociones, miedos, deseos y dificultades.
En el grupo clase, esta experiencia puede ayudar a desarrollar competencias relacionales que difícilmente se aprenden solamente mediante explicaciones teóricas. Esperar el propio turno, escuchar una voz diferente a la propia, reconocer el valor de lo que un compañero está relatando, aceptar una diferencia de opinión o respetar la necesidad de silencio de alguien más son todas formas concretas de aprendizaje social.
El círculo educativo permite, por tanto, vivir amabilidad, escucha y colaboración en lugar de limitarse a hablar de ellas. El niño puede comprender qué significa ser acogido porque lo experimenta, y precisamente esta experiencia puede ayudarlo progresivamente a ofrecer a los demás el mismo tipo de atención.
En este sentido, el Yoga Educativo en el grupo clase puede convertirse en un verdadero gimnasio de relación, en el cual aprender que estar juntos no significa renunciar a la propia individualidad, sino encontrar una forma de existir junto a los demás sin tener que defender o imponer continuamente el propio espacio.
El círculo en el yoga en la escuela
En el yoga en la escuela, el círculo asume un significado particular porque entra en un ambiente en el cual las dinámicas relacionales ya están fuertemente estructuradas. Cada clase posee equilibrios, amistades, conflictos, subgrupos, roles más o menos visibles y modalidades consolidadas de comunicación. El círculo no cancela estas dinámicas, pero puede ofrecer una configuración diferente del espacio y de la relación.
Cuando no hay pupitres que separan, cuando nadie ocupa una posición frontal y cuando todos pueden encontrarse con la mirada, cambia también la forma en que el grupo se percibe a sí mismo. La forma misma del círculo sugiere una relación más horizontal, en la cual cada uno puede sentirse parte de la experiencia sin tener que asumir necesariamente un rol central.
Esto es particularmente significativo en el yoga en la escuela primaria, donde aprender a estar en el grupo es una parte fundamental del desarrollo. Pero el mismo principio puede ser valioso también con adolescentes mayores, sobre todo en los momentos en que una clase atraviesa dificultades relacionales, cambios o situaciones de tensión.
El círculo en el Yoga Educativo en la escuela no es, por tanto, solamente el lugar en el que iniciar una práctica, sino que puede convertirse en una forma educativa capaz de sostener escucha, pertenencia, respeto recíproco y conciencia de las relaciones.
El círculo final: transformar la experiencia en conciencia
Si el círculo inicial prepara para la experiencia, el círculo final en el Yoga Educativo permite recogerla y darle significado. Después del movimiento, el juego, las posturas, la respiración, la visualización o la relajación, volver juntos puede ayudar a niños y adolescentes a reconocer lo que han vivido y a conectar la experiencia corporal con sus propias sensaciones.
No es necesario transformar este momento en una verificación o en un interrogatorio. Al contrario, unas pocas preguntas abiertas pueden ser suficientes para estimular atención y conciencia: ¿qué te ha gustado?, ¿has notado algo diferente en tu cuerpo?, ¿cuál ha sido el momento más fácil o más difícil?, ¿qué quieres llevar contigo de esta experiencia?
Preguntas de este tipo no buscan una respuesta correcta, sino que invitan a observar y reconocer lo que se ha vivido. El niño aprende gradualmente a reconocer lo que vive, mientras que el adolescente puede desarrollar una mayor capacidad de escuchar su propio estado sin tener que juzgarlo necesariamente.
En el círculo final, además, el grupo descubre que la misma experiencia puede ser vivida de formas diferentes. Alguien puede haber encontrado relajante un ejercicio que para otro ha sido difícil, mientras que un juego muy envolvente para algunos puede haber requerido más tiempo de adaptación para otros. Reconocer que experiencias diferentes pueden convivir en el mismo espacio es ya un importante ejercicio de educación a la diversidad y al respeto.
Círculo y educación emocional en los niños
El círculo en el Yoga Educativo puede convertirse también en un espacio significativo de educación emocional para niños y adolescentes, siempre que no se utilice para obligar a todos a hablar de sus propias emociones.
Educar en las emociones no significa preguntar continuamente “¿cómo te sientes?”, sino crear condiciones en las cuales el niño pueda gradualmente aprender a reconocer señales corporales, sensaciones y estados interiores. Algunos niños logran fácilmente usar las palabras, mientras que otros pueden expresarse mejor mediante un gesto, un movimiento, una imagen o una simple elección entre diferentes posibilidades.
El Yoga Educativo ofrece precisamente esta riqueza, porque permite conectar emociones, cuerpo y conciencia corporal. El niño puede darse cuenta de que la agitación modifica la respiración, de que una postura estable produce una sensación particular, o de que después de un momento de movimiento intenso el cuerpo necesita ralentizarse.
El círculo se convierte entonces en el lugar en el cual estas observaciones pueden, si se desea, ser compartidas con el grupo. De esta forma, la educación emocional no se reduce a una explicación de las emociones, sino que se convierte en experiencia concreta de escucha, reconocimiento de sí mismo y relación con los demás.
El círculo con los adolescentes
En el trabajo de yoga con adolescentes, el círculo requiere una sensibilidad particular, porque esta fase del crecimiento está fuertemente influenciada por la necesidad de pertenencia y el temor al juicio de los pares. No todos los adolescentes aceptan inmediatamente exponerse y muchas formas de ironía, cierre o provocación pueden tener una función protectora.
Precisamente por esto, el círculo en el yoga para adolescentes no debería ser utilizado para obligar a la confidencia. Su fuerza consiste más bien en crear progresivamente un contexto en el cual sea posible tomar lugar en el grupo sin tener que representar un rol, escuchar sin sentirse llamados continuamente a responder y hablar sin el temor de ser inmediatamente evaluados.
Para un adolescente puede ser muy importante experimentar que su propia voz tiene valor, pero que no es necesario ocupar todo el espacio para ser reconocidos. Del mismo modo, puede descubrir que se puede participar también mediante la escucha y que el silencio no debe ser interpretado como fracaso.
Con los adolescentes, por tanto, el círculo puede convertirse en una forma delicada de educación a la presencia, a la relación y a la autenticidad, en la cual la confianza no se solicita inmediatamente sino que se construye con el tiempo.
Del círculo a la vida cotidiana
El valor del círculo en el Yoga Educativo no termina cuando finaliza la práctica. Las competencias que niños y adolescentes experimentan en ese espacio pueden progresivamente transferirse a la vida cotidiana: escuchar antes de reaccionar, esperar el propio turno, utilizar las palabras con mayor atención, darse cuenta del estado de ánimo de los demás y reconocer el propio.
En este sentido, el círculo puede convertirse en una pequeña escuela de relación. No enseña solamente a hablar, sino también a escuchar; no valoriza solamente la presencia individual, sino también la capacidad de dejar espacio a los demás. Ayuda además a comprender que ser parte de un grupo no significa volverse todos iguales.
Estas competencias son centrales en el yoga en la escuela, pero tienen valor también en las amistades, en la familia, en el deporte y en todos los contextos relacionales en los cuales niños y adolescentes construyen su propia forma de estar con los demás.
El círculo como experiencia de pertenencia
Existe, por último, un significado particularmente profundo en la forma misma del círculo. Cuando un grupo se dispone de esta manera, cada uno puede reconocer físicamente su propio lugar y el de los demás. Yo estoy aquí, tú estás allí, y juntos construimos este espacio.
Para un niño, sentirse realmente parte de un grupo no es siempre evidente. Incluso dentro de la misma clase pueden existir momentos en los cuales uno se siente excluido, poco visible, diferente o incapaz de encontrar su propio lugar. El círculo no elimina automáticamente estas dificultades, pero ofrece una representación concreta de la pertenencia.
Nadie ocupa el centro, porque el centro pertenece al grupo. Cada persona contribuye a la forma global y, si alguien falta, esa forma cambia.
Esta imagen puede convertirse en una metáfora sencilla pero poderosa de lo que significa pertenecer a una comunidad: ser parte de algo sin perder la propia individualidad.
En conclusión
El círculo en el Yoga Educativo es mucho más que una disposición en el espacio. Puede convertirse en un espacio de escucha, relación, presencia, educación emocional y pertenencia, capaz de acompañar a niños y adolescentes desde la dispersión hacia una mayor conciencia de sí mismos y de los demás.
En el grupo clase, el círculo permite entrenar respeto, escucha, capacidad de esperar y reconocimiento de las diferencias. En el círculo inicial puede ayudar al adulto a comprender la condición real del grupo antes de proponer actividades, mientras que en el círculo final puede transformar lo que se ha vivido en el cuerpo en una ocasión de reflexión y conciencia.
Con los adolescentes puede ofrecer un espacio en el cual la palabra no sea forzada y el silencio pueda ser respetado; con los niños más pequeños puede convertirse en un lugar en el cual aprender concretamente que ser escuchados y escuchar a los demás son dos aspectos de la misma relación.
En un tiempo en el que niños y adolescentes están a menudo muy conectados pero no siempre realmente escuchados, continuamente expuestos pero no necesariamente vistos, el círculo en el Yoga Educativo para niños y adolescentes propone algo extremadamente sencillo y, precisamente por eso, valioso: la posibilidad de detenerse, reconocerse, escucharse y compartir un espacio en el cual cada uno pueda sentir que su propia presencia cuenta.
De esta experiencia puede nacer una forma más consciente y más humana de educación, en la cual el niño no sea considerado solamente por lo que debe aprender, sino también por lo que es, por lo que siente y por la forma única en que entra en relación con los demás.
¡Conoce a los autores!
Instructora certificada de Oki do Yoga, con un máster en “Estudios de Yoga” por la Universidad de Venecia, es profesora adjunta en el curso de formación avanzada “Yoga Educativo en la Escuela” de la Universidad de Padua.
Cofundador y Presidente de la Ssd ‘Yoga Educativo’.
Doctor en Ciencias Pedagógicas, Educativas y de la Formación por la Universidad de Padua. La tesis doctoral versó sobre la formación de formadores en Yoga Educativo.
Docurso de formación avanzada ‘Yoga Educativo a scuola El Curso de Formación Avanzada en la UniPd fue concebido por los fundadores de Yoga Educativo, junto con el Director Prof. Luca Agostinetto.
Cofundadora y Vicepresidenta de la Ssd “Yoga Educativo”.